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·                Título: El libro de las maravillas

·                Año de publicación: 1298-1299

·                Editorial: Cátedra

  Este libro, atribuido al célebre mercader veneciano Marco Polo, muestra el resultado de los intereses comerciales de una familia que tuvo la valentía de emprender, bien por avidez de aventuras o bien por ambición, la nada desdeñable gesta de viajar y conocer en profundidad los pueblos de todo el Oriente conocido.

  Escrito entre 1298 y 1299, tuvo un éxito sin precedentes, tanto antes como después de la invención de la imprenta. Por testimonios, se sabe que se convirtió en una lectura imprescindible para cualquiera que se dijera miembro de la élite cultural durante los siglos del Renacimiento y el Barroco.

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  Se divide en tres partes, en principio, en función de la zona de Oriente donde se emplaza, pero parece que hay también un cierto orden cronológico. Cada una está dividida en decenas de brevísimos capítulos que reciben el nombre de alguna ciudad, de algún accidente geográfico, de algún personaje histórico o de algún alto mandatario.

  Realmente, describir la temática de este Libro de las Maravillas es poco menos que imposible, puesto que se habla prácticamente de todo y considerarlo sólo un libro de viajes es reducir su valor sobremanera. Habla de ciudades, de sus costumbres, de su política, describe paisajes, narra historias, relaciones internacionales, hechos milagrosos, describe la gastronomía, ensalza a ciertos mandatarios mientras que manifiesta su más absoluta repulsa hacia otros… Es una obra riquísima, llena de matices, de agradable lectura, y, en efecto, como consideraban los pedantes miembros de las élites culturales de la Edad Moderna, imprescindible.

  Como fuente para el conocimiento histórico, no tiene parangón, pero cabe realizar, antes de tomarse esta obra al pie de la letra, una crítica de autenticidad, pues hay bastante información que es, cuanto menos, cuestionable. También cabe apuntar que está fundamentado en la mirada y las opiniones de un hombre que extrae la información no sólo de lo que sus ojos han visto, sino también de lo que le cuentan.

  Se podían y pueden extraer conocimientos de él, no obstante, como verdaderamente se hizo célebre es como manual para los comerciantes que querían expandir sus negocios a Oriente, pues era prácticamente lo único que podían consultar o de lo que podían tener noticia. De hecho, contenía información bastante útil, pues el muy pesetero hablaba del valor de la moneda o de los productos que se podían adquirir baratos y cuyo precio podía inflar cuando volviese a Europa. Así, estos valientes comerciantes se preparaban para los peligros  o se frotaban las manos en función del lugar que visitaran.

  Pero bueno, esto va de tópicos y cuanto más hirientes, despectivos o gratuitamente zalameros sean, más molan y como Marco Polo sabía esto, se quedó bien a gusto a este respecto.

  No se puede ignorar que Don Marco era un tipo del siglo XIII, europeo, cristiano practicante y temeroso de Dios, por lo que él se pensaba el más moral y el conocedor de la verdad, permitiéndose en todo momento el lujo de mirar con condescendencia a todas las culturas que abrazaban una fe distinta a la suya o a aquellos que tenían comportamientos, a su modo de ver, poco decorosos. También puede apreciarse una infantil inocencia en sus juicios, pues no desprecia a los que adoran a otros dioses (de hecho, los aprecia si se portan bien con él), a quienes verdaderamente odia es a los malos: los que propugnan y enseñan la fe que él considera nociva a las mentes débiles; es el caso de Mahoma, a quien llama abominable, pérfido o miserable o el de un “Viejo Rey de la Montaña” que, dice, hacía tomar drogas a sus súbditos para que se durmieran y que, a su despertar, se vieran rodeados de hermosas mujeres y grandes placeres para después, volverlos a drogar y decirles, cuando despertaran, que lo que habían visto durante ese sueño era el paraíso que promete Mahoma y así, convertirlos al Islam.

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  No duda tampoco en construir con su actitud una definición gráfica de lo políticamente incorrecto lanzando tópicos como flechas o extrapolando una característica que aprecia en el primer individuo con el que se topa al resto de la población del lugar donde está. Se fía también de las historias que le cuentan los orientales que le van cayendo bien en su camino sobre una región, aunque estas parezcan, a todas luces, fantasiosas y parciales. Así, de los persas comenta que son “grandísimos bellacos, homicidas y bandoleros que siguen la ley del abominable Mahoma” o sobre los de Bascia, que son “Negros, astutos y malvados”. Y así, las suelta y se queda tan ancho.

  Tampoco le gustan demasiado quienes realizan rituales que él considera demoníacos, los protagonizados por brujas, hechiceros o curanderos y, claro, un tour por Oriente no es la mejor opción cuando se quiere huir de estas cosas ni de comportamientos que atentan contra el concepto de sexualidad cristiano, por ello, cuando pasa por Thebeth se escandaliza. Allí comprueba que las damas virtuosas no son precisamente las que llegan vírgenes al matrimonio, sino todo lo contrario, cuantos más caballeros visiten su cama, más puntos ganan para que un buen marido las elija. De este modo, unos buenos padres que se preocupen por el futuro de sus hijas, habrán de ofrecérselas a los mercaderes extranjeros que pasen por su ciudad como si de carnaza se tratara, sólo pidiéndoles a cambio una joya (que podía ser algo valioso o algo insignificante), no en pago de nada, sino como prueba, para demostrarle al marido que la pretendiera las andaduras sexuales de la que será su esposa. Si bien Marco Polo se escandalizó muchísimo con este tema, cabe preguntarse cómo se enteró de que había que darle una joya (y que ésta podía ser una baratija sin valor) después del polvo, si se supone rechazó por casto y puro el ofrecimiento de los preocupados padres a su llegada a esta zona…

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  Pero bueno, no todos son malos o paganos para el veneciano, también hay buena gente y el buen tío por antonomasia en este viaje es Kublai Khan, a quien quería como a un padre. Sentía una devoción absoluta, lo cual es comprensible por la cuenta que le traía, dado que era un emperador poderosísimo, pero por lo que dice, la admiración no parece cimentada únicamente en el interés político-económico, sino más bien en que desde el principio este mandatario mongol supo entrar muy bien y es que nada más conocerle le dijo que le interesaba un montón el cristianismo y que quería aprender de él, lo que viene a ser como cuando alguien a quien acabas de conocer te dice que le interesan un montón tus estudios o tu trabajo; que se gana dos cosas: una buena chapa y tu aprecio. Tal fue la buena impresión que le causó a Marco Polo, que se esforzó por mantener una activa relación con el Gran Khan, llegando a trabajar para él, incluso, dice, de gobernador de una región. El caso es que le gustaba tanto tanto este Kublai que llegó a loar todo sobre él: desde la manera de dirigir a su ejército hasta su política económica, diciendo de él hasta que era apuesto y vestía bien. Vamos, un primor; pero la cosa no acaba aquí y es que lo pinta como una especie de Pablo Iglesias del Medievo, pues como él abogó por acabar con las necesidades de su pueblo pues “a nadie que lo solicite se le niega el pan en su corte”. Y, precisamente como Pablo Iglesias, “Por todo ello, el Gran Khan es honrado por el pueblo como un dios”.

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  Para finalizar estas ideas sobre esta maravillosa obra medieval, quería añadir dos notas, en primer lugar, con respecto a la importancia del conocimiento de estos tópicos y juicios tan bárbaros que Marco Polo lanza a placer, y es que conocer los juicios del pasado sirve para entender los prejuicios del presente. Por otro lado y tras esa última frase que me ha quedado tan bien, va a venir otra algo más burda y es que no hay que tener miedo a leer literatura medieval y menos cuando es de esta talla. Conclusión: lean, hostia, lean.

Ismael Piazuelo

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