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   El otro día lo hablaba con una amiga: la capacidad del ser humano, nuestra capacidad, para romper toda relación con una persona que ha sido durante algún tiempo alguien importante en nuestra vida, incluso lo más importante de todo, es impresionante. Llegados a cierta edad, ¿a quién no le ha pasado, tras una ruptura con una pareja, cortar todo rastro de relación con ella y, al tiempo, darse cuenta de que sigue viviendo como si nada, como si esa relación nunca hubiera existido? Y no sólo hablamos de parejas, también de amigos, de grandes. Ese camarada del que un día éramos inseparables, al que le hubiéramos confiado nuestra vida, el mismo del que, de repente, nos damos cuenta de que llevamos años sin saber nada de él o ella, que podría haberse casado o haberse ido a vivir al extranjero y no nos hubiéramos enterado.

   Echo la vista atrás y tengo muchas de estas situaciones y, sorprendentemente, o no, mi vida sigue sin esas personas que fueron tan importantes para mí y soy tanto o incluso más feliz sin ellas.

   Así es el ser humano, un animal social con profunda necesidad de vinculación emocional pero también un experto en desvincularse. Ambos procesos son adaptativos y, por tanto, necesarios. Tenemos una capacidad de vinculación emocional tal que no sólo nos vinculamos con otras personas, sino también con animales, lugares y objetos. Sin embargo, en el supuesto de no poder romper esta vinculación emocional sería fatal, profundamente desadaptativo, ya que hay momentos en la vida en que la ruptura es absolutamente necesaria. Es el caso del fallecimiento de un ser querido, o de cuando alguien a quien apreciamos nos hace sentir inseguros o infelices.

   Es cierto que esta desvinculación a menudo no es fácil, pasamos por momentos de tristeza, de ira, de nostalgia, de culpa… Todo esto es lo que se llama proceso de duelo, que es aquel por el que superamos una pérdida. Y sí, aunque parezca paradójico, el único objetivo del duelo es superar, pasar página y seguir con nuestra vida. Al final, el duelo no es más que un proceso de purga emocional y creación de nuevos hábitos.

Ilustración de Pablo Villanueva Domingo

Ilustración de Pablo Villanueva Domingo

   Este proceso se divide normalmente en cinco fases: negación, ira, depresión, negociación y aceptación; sin embargo, por experiencia personal, he decidido unir tres de ellas en una única fase. Habitualmente todas las personas pasan por ellas, aunque el orden y la duración pueden variar de una a otra, incluso distintas fases pueden superponerse.

   La primera fase es la que se conoce como negación. En ella, hay un sentimiento generalizado de confusión y estupor. Estamos en shock, no acabamos de creer lo que ha pasado, e intentamos negar la evidencia. El típico ejemplo es pensar, cuando una pareja te deja, que se ha equivocado, que seguro que te va a llamar y te va a decir que no sabía lo que decía, que le perdones y que vuelvas con él o ella.

   Una vez dejamos de negar lo evidente, aparece el intervalo de existencia. Es el momento en el que nos damos cuenta de que nada va a volver a ser como antes y que no sabemos cómo va a ser el futuro, lo único que sabemos con seguridad es va a haber un cambio, por lo que nos sentimos perdidos. En este momento pueden aparecer diversas emociones, las más típicas son la ira y la tristeza, pero también pueden aparecer indiferencia, culpa, rabia, impotencia o desesperanza. En esta fase, además, aparecen intentos de negociar con la realidad, de forma que nos podamos agarrar a algo de lo que teníamos antes de que la pérdida ocurriera. Ejemplos típicos de negociación con la realidad son pedirle a Dios que nos deje despedirnos una última vez de nuestro ser querido o llamar al ex a la desesperada para que vuelva con nosotros.

   La última fase, previa a la superación de la pérdida, es la aceptación de ésta. En este momento ya no intentamos negociar ni recuperar el pasado, sino que aceptamos que se ha ido y comenzamos a reorganizar nuestra vida, planteándonos cómo queremos que sea el futuro. De esta forma, comenzamos a crear nuevos hábitos y conocer gente nueva como primeros pasos hacia nuestra nueva vida sin esa persona, animal u objeto.

   Por lo tanto, el duelo, como hemos visto, es un proceso necesario para la superación de una pérdida: déjalo que fluya, no lo reprimas ni lo evites o sólo conseguirás que afloren los sentimientos en el momento más inesperado e inoportuno.

Laura C. Eito

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