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            En De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall se ve una Blanca Andreu más bien en la corriente nihilista de la poesía del siglo XX. Ella misma insiste en su malditismo. La persona poética, encuentra inestabilidad y desolación por todas partes; su visión es apocalíptica, de un caos inminente y deja entender que la poesía se hace a partir de la desintegración y los horrores de la vida personal. Andreu también está preocupada con la personalidad de la niña de provincias de su título; su intento parece ser de subvertir o desmitificar a aquella niña perfecta de familia burguesa, de escuela religiosa, iglesia y misa. Deja sugerir que, cuando tal niña sale de las provincias para instalarse en la ciudad y dedicarse a las bellas artes, le choca la irreparable falta de coherencia que encuentra en la realidad que le rodea.

            En esta obra va a formalizar su discurso. Discurso que ya nunca abandonará en sus libros posteriores:

“una suerte de solemnidad verbal que recuerda a Saint-John Perse, una inequívoca intensidad que personalizaba esa mecánica surrealista con que concebía esa mecánica surrealista. Blanca Andreu se demora en el efecto multiplicador que toda imagen posee en lugar de compartirla con la idea que la  apuntala el poema. La lectura de sus poemas deja el sabor gratificante de alguien  que está fundando su propio reino. LLAMAZARES, Julio. “De una de provincias que se vino a vivir en un Chagall”. Pueblo (4 de abril de 1981).

            Blanca Andreu parece volver a conectar (desde una visión singular e ingenuista) con la tradición del surrealismo. Es cierto que tal modo de escritura (poema en prosa, imágenes oníricas, fluir de conciencia) había sido brevemente (y no de manera absoluta) seguida por algún novísimo de la primera hornada (Martínez Sarrión) pero para quedar, en lo fundamental, postergado enseguida. Así es que al recalar, con nitidez, en esa tradición, y unirla a ciertos toques de vida presente juvenil, Blanca Andreu pudo representar, más que otros, el inicio o la verdadera voz de la generación postnovísima.

            Es probable que cuando nombra a Rimbaud, Rilke, Villon o Garcilaso, esté haciendo un homenaje a “sus demonios familiares”. Tales nombres funcionan como claves y referencias para engarzar las imágenes y los “latidos” entre un poema y otro. A  los ya nombrados, habría que añadir al propio Chagall (que ya asoma en el título), a Virginia Woolf, Ray Brudbury, Mozart, Bach, Saint-John Perse y Juán Ramón. Los nombres y los datos  se reordenan por sí solos dentro de cada poema. No es buscarle fantasmas ni cordones umbilicales a Blanca Andreu. Ella misma nos los sirve en bandeja. Los nombres y las citas tienen el valor de las imágenes puramente poéticas. La imagen como espiral o enredadera es la más importante fuente generadora de energía poética.

            Las palabras olvidan constantemente su significado original, incluso de un verso a otro o de un poema a otro. Esculturalización del lenguaje, construcción de un superlenguaje que nada tiene que ver con el lenguaje inicial del que se toman los significantes.

            La temática principal, se reparte entre  el amor y la muerte. También hay que incluir el tema de la droga. Excepcional por lo novedoso, pese a que muchas veces, unos y otros ya se han acercado, pero con mirada de púlpito, religioso o profano. Ya en este su primer libro se atreve a abordar con innegable coherencia el tema de las drogas. Hasta ahora, eran tímidos devaneos, frívolos, insulsos, descalificados en sí mismos. Las imágenes se suceden  interminablemente en dirección al sueño. Después solo queda la lejana sonrisa de una niña que llora por sus anchas caderas: “dile a la vida que la recuerdo, que la recuerdo”.

BLANCA ANDREU, ESCRITORA (VIUDA DE JUAN BENET)

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Me queda la mar media

Me queda la mar media en el triunfo del agua,

en el advenimiento de los espejos y de las aleaciones,

me queda la mar media y sus ahogados, cantiga y quemadura,

ebrios de agua profunda y profundo dolor.

 

Pero había un mar de la sangre más blanca

y del dolor apagado,

mar de la caza y muerte en montería, vino metal dormido y

baja luna.

Mar de los ventanales empapados para el amor más duro

con quien la soledad se atreve y canta, con crines antorchadas

y dibujada hoguera,

mar del amor más duro que decae como decae tu nombre:

el hombre que en mí tiembla y tu nombre primero.

             En este poema de su primer libro De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, se puede apreciar la incipiente poética de esta joven postnovísima. El poema recae en técnicas cercanas al surrealismo como se observa en el fluir de la conciencia y en el juego de imágenes oníricas que se suceden interminablemente en dirección al sueño. Insiste en ese malditismo nihilista que brota en sus primeros escritos. Las palabras como mar y agua se repiten a lo largo de todo el poema, enfrentadas a sus propios opuestos como son fuego y antorcha. Pero estas palabras olvidan constantemente su significado original: hay un espejo que hace que fuego y agua parezcan hechos de la misma materia.

            El tema principal es el amor, aunque más que amor, desamor y deseo de olvidar el nombre del ser amado. Y también la muerte de aquellos que perecen ahogados en ese mar que es la vida. Aunque también menciona un tema no tañido anteriormente, como el del mundo de las drogas, centrado particularmente en la ebriedad.

María Puente

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