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  Es la noche del 17 al 18 de Julio de 1917. En Siberia los soldados del ejército ruso piden a la familia imperial, confinada en una celda, que abandone momentáneamente su prisión para tomarles una fotografía. Pero esa fotografía nunca se tomó, y aquellas personas nunca regresaron a su prisión: esa misma noche fueron fusilados.

  Se cuenta que tras abrir fuego, el zar y su hijo varón murieron instantáneamente. Sin embargo el resto de las balas, las destinadas a la zarina y sus hijas, rebotaron, y puesto que las balas no sirvieron, los soldados las pasaron por la bayoneta.

  La historia dice que las balas rebotaban porque las mujeres habían cosido bajo sus ropas aquellos presentes más emblemáticos para ellas, y las joyas de las que no querían desprenderse, entre las cuales se contarían algunos de los Huevos Imperiales del taller de Fabergé de Forbes, cuyo complejo devenir en la historia se inició realmente esa noche.

  Desde el punto de vista formal se trata de joyas –de un tratamiento excepcional- que adoptan la forma del huevo porque se regalaban para conmemorar la Pascua, la principal fiesta cristiana que constituye y ya constituía en aquel momento la que quizás sea la celebración más importante de la iglesia Rusa. Precisamente en Rusia existe, como en otros países, la tradición de regalar huevos pintados a los seres queridos para expresar los buenos deseos en esta señalada fecha. Se trata de una tradición que proviene del s. XVI y que, en cualquier caso, en la época de los zares se llevaría un paso más allá.

  El huevo simboliza el amor y el comienzo de una nueva vida –por su forma circular, oval- y, en última instancia, alude a la Resurrección de Cristo –su paso de la muerte a la vida eterna- y a su Ascensión –el paso de la Tierra a los Cielos-.

  De acuerdo a la creencia popular que todavía se conoce hoy, María Magdalena habría llegado a predicar a Roma siendo recibida por el emperador Tiberio. Era costumbre por entonces que las personas a quienes se concedía una audiencia imperial ofrecieran a cambio un presente. Puesto que todo cuando poseía era su fe, se dice que ofreció al emperador un huevo de gallina al tiempo que, arrodillada, proclamaba que Cristo había resucitado. El emperador Tiberio, demostrando una lógica incredulidad, habría declamado que la resurrección era tan imposible como que, de repente, aquel huevo se volviese rojo. Se dice que eso fue lo que pasó. Desde entonces se considera en el cristianismo al huevo como símbolo de la Resurrección de Cristo, y por ello se conmemora con él la Pascua.

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  Partiendo de esta historia, y a través del devenir de los siglos, lo que en desde el s. XVI constituyó una tradición ligada a la pintura a mano de estos huevos para la Pascua, se erigió como una tradición. Un viejo oficio que el artesano Peter Carl Fabergé catapultó con la producción de su taller a un nivel superior, dotando a estos presentes realizados en joyería de un refinamiento y una belleza acordes con la exquisitez del profundo amor por el arte que destilaba el zar Alejandro III.

  Objetos que esconden sorpresas y se constituyen como expresión de amor y, directa o indirectamente, como expresión del poder y la riqueza –ya que cada uno de ellos es único y su coste es casi inestimable-.

  Pero la verdadera historia de estos objetos pasa quizás por constituirse como uno de los secretos mejor guardados a lo largo de la oscura historia del patrimonio perdido en los albores del tiempo y del dinero, pasando por el amplio abanico del amor y el odio que les ha procesado su pueblo a lo largo de la historia colectiva del pensamiento.

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  Al igual que un cuadro adquiere una pátina y un valor con el paso de los siglos, los objetos artísticos, y especialmente objetos artísticos de tanta solvencia, son concebidos para una función en su momento de origen, y, sin embargo, con el tiempo no solo sus superficies reciben la huella de los años, sino que algunos de ellos pueden venir sujetos a connotaciones, sujetos al simbolismo especial que entraña un contexto específico, un simbolismo que se viene modificando con el transcurso de la historia y que los dota de aura y de vida.

  Así, aquellas valiosas piezas que fueron realizadas en un convulso contexto, que se constituyeron como fruto del amor por el arte y, quizás al mismo tiempo, de la arrogancia de la élite de un imperio, que se negaba a aceptar la realidad y prefería vivir inmerso en la opulencia hasta que el sol se desvaneciese en el ocaso de su horizonte, se tiñeron de un aroma gris, el aroma del odio que invadió los corazones de todos los olvidados por el poder, condenados a una mediocre existencia que no merecían, y por ello fueron malvendidos o destruidos por el régimen comunista que nada quiso saber de ellos.

  Sin embargo hoy, ya deslindando el patrimonio de las connotaciones políticas, desde un lento proceso de transición hacia la globalidad que se perfila en Rusia, parece abrirse paso entre los restos del comunismo un nuevo y creciente interés por este patrimonio imperial, que genera colecciones tan importantes y emblemáticas para la nueva Rusia como la colección del Museo Fabergé en San Petersburgo.

  Hoy, una nueva élite se enriquece en Rusia y se enaltece exhortando el arte como un arma de distinción… y los Huevos Imperiales y otros muchos objetos marcados por la sangre y las vicisitudes más complejas de la historia, vuelven a despertar el interés de esta élite, una vez más, sedienta del poder que ostenta y ostentará.

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  Todavía buscamos identidad. Buscamos pasión. Buscamos en las arquitecturas y en los más diminutos objetos en los que encontramos una tenue ventana a la historia. A un tiempo que no nos perteneció ni nos pertenecerá y que, sin embargo, podría otorgarnos la clave que nos conduzca a comprender mejor el momento que nos ha tocado vivir. El arte responde preguntas que nada más puede responder, si sabes formularlas de la forma apropiada. Yo pregunto, ¿Buscamos arte, o buscamos poder?… quizás esa es la pregunta.

Lucía E. Colom

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