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FICHA TÉCNICA

Título: Fehér Isten (White God) (Dios Blanco)

Año: 2014 

Duración: 119 minutos

País: Hungría

Director: Kornél Mundruczó

Guión: Kornél Mundruczó, Viktória Petrányi, Kata Wéber

 

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A veces no resulta fácil convencer a la gente para ir a ver según que cosas. Y cuando finalmente aceptan que se trate de una película húngara y lo asumen con un vago resoplido acompañado por un leve fruncimiento de ceño, acaban por perder cualquier ligera expectación que hubiese podido generarse en ellos en el momento en el que, ante la inevitable pregunta “¿Y de que va?”, yo tengo que limitarme a contestar con un sucinto “De perros y eso”.

Pero en White God hay algo más que perros si uno sabe mirar de la manera adecuada, con la adecuada sensibilidad. No en vano consiguió el premio “Una cierta mirada” en el festival de Cannes del 2014. Llega a nuestros cines de forma algo tardía, casi un año después, (juro que aunque me maten, nunca entenderé como funciona ese asunto y porque siempre hay tanto retraso) pero por lo menos llega. Y lo hace tanto en formato traducido como en el original subtitulado. Supongo que eso es algo.

Confieso que a mi me ganó nada más comenzar la proyección con esa acertada cita inicial de Rainer Maria Rilke (“Todo lo terrible es algo que necesita nuestro amor”) que funciona como una especie de moraleja prematura, anticipando aquello está por venir.

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Los primeros minutos de metraje nos presentan unas calles desoladas, casi post-apocalípticas y, a todas luces, vacías de seres humanos. Vacías con la sola excepción de una joven de unos trece años que pedalea alocadamente sobre su destartalada bicicleta. La holgada sudadera ondeando a causa de la velocidad en el – de otra forma – estático y denso aire de la ciudad desierta, y la capucha calada hasta las cejas, como si desease desaparecer u ocultar su identidad de alguna secreta amenaza desconocida.

Es entonces cuando, ¡Bam!, una miríada de canes, chuchos sin dueño, cruzan la esquina en formación espartana, todo un ejército cuadrúpedo que persigue a la chica ladrando desaforadamente con la lengua fuera. Y ésta huye a toda la velocidad que le permiten sus delgadas piernas pero también gira la cabeza, más interesada que perpleja, y escudriña entre las rápidas masas de pelo a punto de darle alcance.

Fundido en negro.

Tras la tensión y la complejidad artística de esa primera escena, White God se reinicia con una narrativa más convencional, aunque la belleza y lo impactante de sus imágenes nos acompañaran a lo largo de toda la película. (Creo que las tripas colgantes de esa vaca sajada por la mitad en el matadero permanecerán en mi memoria durante bastante más tiempo de que desearía).

El célebre Hitchcock dijo una vez que él no trabajaba con niños ni con animales. Supongo que sus razones tendría. Pero lo que está claro es que nunca tuvo oportunidad de ver una película como White God, porque de haberlo hecho, jamás se hubiera atrevido a pronunciar semejantes palabras.

Aquí tenemos a dos protagonistas básicos, que son Lili (y sí, lo habéis adivinado; es la joven de la bici) y su adorado perro Hagen, un mestizo de color terroso y mirada bonachona al que el padre de Lili no puede ni ver. No me gustaría desvelar demasiado de la trama, a pesar de que esta no sea realmente el principal atractivo de la película. Pero digamos que esencialmente, durante las algo menos de dos horas de metraje, asistiremos a las historias paralelas de Lili y Hagen una vez que el padre de ésta decida abandonarlo en la calle tras una serie de discusiones.

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Ambos son un par de marginados sociales, cada uno a su manera. Y los dos lucharan de igual forma por subsistir en un mundo que les es hostil y desagradable. Un mundo que les ha dado por perdidos antes si quiera de que ellos hayan tenido oportunidad de demostrarles cuán equivocados están.

En esta especie de bildungsroman por partida doble, Hagen pasará de ser una tranquila mascota a descubrir que en esta vida se trata de matar o dejar que te maten, apaleado y obligado a luchar en peleas clandestinas organizadas por matones y mafias organizadas. (Resulta tranquilizador saber que ningún animal fue verdaderamente dañado durante la realización de la película, ya que en algunos momentos la violencia resulta de lo más convincente.)

Lili, por su lado, rechazará toda autoridad y coqueteará con lo prohibido. Desobedeciendo a padres y profesores, experimentando con el alcohol y el mundo de los clubs nocturnos.

Ellos son un reflejo de los extremos a los que acaba conduciendo la opresión sistemática y mantenida, invitándonos a establecer paralelismos con nuestra propia realidad social.

El cómo se producirá ese salvaje levantamiento canino y la posterior carnicería que ya se apuntaba al principio, es algo sobre lo que mantendré el suspense.

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Tras ver la película estuve largo tiempo pensando sobre el título. No sé, por alguna razón me parece un gran título. No hay ni una sola referencia al mismo en toda la película y Hagen ni siquiera es un “perro blanco”. Así que, ¿por qué llamarla así?

No pude evitar conectarlo inmediatamente con una novela de Stephen King que me prestaron hace tiempo, no recuerdo exactamente cual era, porque para bien o para mal he tenido la oportunidad de leer muchos de sus libros y me resulta imposible ahora mismo ubicar el pasaje concreto que me evocó el título de White God. Pero éste tenía toda una interesante reflexión girando en torno a la palabra God (Dios) y Dog (perro).

Esta palabra en inglés es lo que podríamos llamar, un “palíndromo bifronte”, es decir, el tipo de palabra que leída al revés significa algo distinto, (gracias, filología), pero la idea que propone King en esa novela de cuyo nombre no puedo acordarme, va más allá del mero juego lingüístico. Y por boca de uno de sus personajes elabora acerca de cómo en esas dos palabras reside la verdadera naturaleza del hombre. De cómo el hombre se asemeja más al perro que al dios que cree ser.

Los perros son en su mayor parte amistosos y estúpidos, como los hombres cuando están borrachos. Serviles y leales también, pero en la confusión y la excitación, bien capaces de morder.

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¿Quién es el dios y quien el perro en esta película? ¿Quién se inclina ante quién? Los hombres, que necesitamos estar siempre por encima, alardeando de nuestra supuestamente indiscutible hegemonía natural, respondemos a cualquier alteración de la misma con tiros y violencia. Incapaces de asumir que somos solo un conjunto de mamíferos cobardes sin el entendimiento necesario para discernir entre el bien y el mal, sino solo entre aquello que nos beneficia y aquello que no lo hace.

Pero desnudos frente a frente contra la naturaleza, somos el último y más débil eslabón de la cadena. Innecesarios y prescindibles a todos los efectos.

El caso es que poco después recordé que la película era húngara, así que, por supuesto, toda esta tontería de juegos de palabras entre Dog y God, no tenía ningún sentido cuando el título original no era otro que Fehér Isten. Con lo que toda esa insulsa disertación se deshizo de un plumazo como migajas entre mis manos.

Sé que hay por ahí una peli americana de los 80 llamada Perro Blanco, así que supongo que es mucho más probable que el título sea un guiño a esta cinta de terror. Pero me sigue gustando pensar en la dicotomía de esas dos naturalezas que ilustra el film, la divina y la perruna. Si es que algo así existe verdaderamente.

Tal vez ahora, con un poco de suerte, cuando estéis tratando de convencer a vuestros propios amigos para ir a ver esta película, podréis persuadirlos de forma algo más determinante e incluso, (si todo va bien), conseguir que os acompañen al cine sin una mueca de odio soterrado en el rostro.

Carlota M.

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