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FICHA TÉCNICA

Título: En duva satt på en gren och funderade på tillvaron (Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia)

Año: 2014

Duración: 104 minutos

País: Suecia

Director: Roy Andersson

Guión: Roy Anderson

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Vladimir y Estragón se cansaron de esperar a Godot.

  O puede que Godot finalmente apareciera y les dejase sin nada que hacer. Sea como fuere, ahora se dedican a la venta de artículos de broma y ya no se llaman Vladimir ni Estragón, sino Jonathan y Sam. ¿Qué puedes hacer cuando no puedes hacer nada? Tienes sueños de primera clase pero vendes material de tercera y esos colmillos de vampiro no te llevaran a ninguna parte aunque sean extra largos. Estamos de acuerdo en que sólo queréis ayudar a que la gente se divierta pero en vuestros trajes arrugados de solapa ancha y corbata desfasada sois más bien como la Pena Negra atravesando mis poemas, no auténticos hombres de negocios, por mucho que carguéis con ese maletín a todas partes. Ya sé que tenéis confianza en que la máscara de goma de “el tío del diente” sea todo un éxito, y que la bolsa de risas es un clásico, que garantiza sonrisas en cualquier reunión o celebración y todo eso, pero el hilarante estertor dura más de lo que debería y acaba tornándose algo trágico si eres tú el que lo aprieta con esas manos blancas como la cera.

  Mi sonrisa entonces es una sonrisa torcida. La profunda diversión que obtengo desde mi butaca al observar a estos dos hombres, estereotipos de algo todavía por conocer, surge del abatimiento que me causa la perpetua conciencia de saber que existo, que estoy viva y que alguien, en algún momento, también ha de llamar a mi puerta por la noche para decirme “¡Baja la música a estas horas, algunos de nosotros trabajamos mañana!”, de que algún día, cuando pase aquello por lo que inevitablemente todos hemos de pasar, aquello de lo que nadie escapa, también alguien habrá de preguntarse que hacer con esa bandeja de comida que ya he pagado en el autoservicio y que sería una pena desperdiciar. Tal vez también sea un desconocido el que se quede con mi cerveza y tal vez tampoco nadie quiera el resto del plato.

  Y aun así, al final, uno se atreve a decir que el viaje ha sido hermoso.

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  Esa chica tenía una piedra en el zapato, ¿lo habéis visto? Ha sido bonito.

 Sí, lo hemos visto. ¿Qué quieres decir? ¿Por qué iba a ser bonito que tuviera una piedra en el zapato?

  Ha sido bonito, cuando al fin se la ha quitado. Ha sido bonito.

  Esta película es más que una película. Esta película es una paloma. ¿Y que hace esa paloma? Está posada en una rama. ¿Así que posada en una rama, eh? Bien, ¿y que está haciendo en esa rama? Está parada, quieta. Reflexiona. ¿Cómo dices? Reflexionando, eh. ¿Bueno y por qué reflexiona? Porque no tiene nada más que hacer. ¡Maravilloso! Muchas gracias, puedes volver a sentarte en tu sitio.


  Pero ya es demasiado tarde y no creo que ninguno de nosotros pueda volver a su sitio. No sé si alguno de nosotros tuvo alguna vez un sitio.

  Quién definitivamente no lo tienen son Sam  y Jonathan, mimetizándose con la paleta gris que domina un paisaje nórdico cuasi-soviético rendido a los caprichos del director, que convierte el entorno en algo más allá de una metáfora romántica del alma de sus personajes, utilizando la luz fluorescente y el maquillaje en polvo para transformarlos alternativamente en seres angelicales o en meros cadáveres de movimiento automatizado.

A_Pigeon_Sat_on_a_Branch_Reflecting_on_Existence  Todo suma al descarnado conjunto que es esta rareza del mundo audiovisual: La cámara estática, fija en un punto. Los planos largos y sin adulterar, cuyo foco de interés suele quedar relegado a un segundo puesto, (como todo lo importante en esta vida), tan hipnóticos como exasperantes. Y los móviles y los portátiles, fuerte contraste cuyo visionado incomoda y no acaba de encajar con esa Arcadia invertida de cemento desnudo, mesas macizas y miradas tristes.

  No importa. En el circo de tres pistas – pasen y vean, señores y señoras, pasen y vean, no se arrepentirán – de Roy Andersson hay cabida para todo tipo de espectáculo y si crees que un Ford azul aparcado en una esquina destruye la ilusión de realismo de la ficción más absoluta, ¡oh amigo!, prepárate para viajar al pasado en la taberna de Lotta sin previo aviso. Limpia bien esos oídos y contempla como un nutrido grupo de robustos marineros y apuestos militares de la segunda guerra mundial realizan un magnífico número musical acompañados tan solo por un acordeón, (¿reminiscencias del Holy Motors de Leo Carax?) cantando a coro estilo años cuarenta al son del Himno de Batalla de la República. Aunque eso sí, cambiando la letra para acomodarla a sus propósitos, que no tienen más intencionalidad política que el pacífico intercambio de copas por besos.

  Pero si crees que la cosa acaba ahí, espera a que aparezca el rey Carlos XII y sus soldados, ataviados tal y como les corresponde a los miembros de un ejército de 1709. Van a la batalla de Poltava. Caballos y tambores. Van a la guerra. Espadas y uniformes. Van a perder la guerra. Pólvora, sangre y muerte.

  En la desarticulada narrativa del film no hay motivo para que antes de desmembrar por completo el imperio sueco, la milicia imperial no haga una pausa para el café. Todas las mujeres del local fuera, fuera, fuera, su real majestad no quiere mujeres en el bar. ¿Es que no lo habéis oído? Y a ese hombre que está ahí jugando en la máquina tragaperras, azótalo, vamos, que se largue de una vez él también.

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  Su real majestad entra a caballo y desciende del mismo sobre las espaldas de sus súbditos, que aguardan hechos un ovillo tendidos el suelo el momento divino en el que el real pie de su majestad se apoye al fin sobre sus machacadas vértebras. Su real majestad se sienta en uno de los taburetes metálicos frente a la barra, se gira y nos ofrece su mejor perfil. Su real majestad no malgasta su aliento, otros hablan por él. Su real majestad querría algo de beber. Agua. Agua sin gas. A su real majestad le gustaría que el joven camarero de detrás de la barra le sirviese el agua en el vaso. Su real majestad piensa que un hombre tan apuesto como es el camarero no debería estar sirviendo agua en vasos, sino acompañándole en la contienda. Su real majestad no quiere humo ni cañones, su real majestad quiere tomar de la mano al apuesto camarero. Su real majestad quiere al apuesto camarero acompañándole dentro de su tienda.

  Su real majestad no comprará colmillos de vampiro extra largos a Sam ni a Jonathan.

  Y es que la civilización tiene un precio.

  ¿Cómo podemos estar tan arruinados si no hemos pagado ni una fracción de todo aquello que debemos? “He tomado parte en algo horrible” dice Jonathan llorando a su compañero de fatigas. “¿Ha sido un sueño?” le contesta éste. No lo sabe, no lo sabe, claro que no, como va a saberlo. Pero parecía real, muy real. ¿Hasta que punto podemos legitimizar el dolor causado con el único objetivo de obtener placer o confort?

  La esclavitud humana metida en un rotor ardiente, una caja de resonancia cuprosa salpicada de trompetas de diferentes tamaños, la desesperación de decenas voces agonizantes transformada en una hermosa sinfonía para el disfrute de los tímpanos hechos polvo de viejos engolados en frac negro y delicadas copas de cristal de Murano llenas de burbujeante champán. Puede que solo haya sido un sueño, tal vez una alegoría de esas tan en boga durante las épocas medievales; pero nadie ha pedido todavía perdón por ello. No, nadie ha pedido perdón por ello.

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  Ni siquiera tú. Ni siquiera yo.

  ¿Y por qué demonios íbamos a hacerlo? El mono afeitado bzzzz bzzzz preparado y listo para la vivisección, mono del espacio con el fuselaje bien hundido en el cerebro lanzando espasmos eléctricos por su agarrotado cuerpecillo de despreciable criatura infrahumana, de homúnculo peludo. Ser diminuto e impotente, ser inferior carente de raciocinio. Bestias privadas de alma a las que utilizar para nuestros propios fines. Todo aquello que hicimos lo hicimos por un bien mayor. Ni un viso de atención cuando bzzzz bzzzz chilla otra vez y tu hablas por teléfono con-quien-sea-sobre-lo-que-sea, cerca de la ventana, y podrías estar fumando para añadir dramatismo y pasividad a la escena, pero no, solo hablas, sonríes un poco y te alegras de saber que todos están bien.

¿Eh?

He dicho que me alegra saber que todos estáis bien.

Carlota M.

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