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  En aquellos jóvenes tiempos en los que todavía temía descubrir a la persona en la que algún día me convertiría, solía creer que el amor no existía. Deseaba que te marchases mientras el vacío se adueñaba de todo lo que yo era por aquel entonces. Creía que con ignorarte bastaría para que desaparecieras. Pero ya lo eras todo para mí.

  El tiempo pasó y no pude seguir fingiendo. Haciendo ver que mi corazón nunca te pertenecería, que nunca llegarías a ser para mí lo que yo fui para ti desde un principio. Era una mentira que no se sostenía. Y el telón cayó, como todo cae, porque para algo existe la gravedad. Atrae hacia el suelo cuanto existe sobre esta tierra como el destino reúne a su antojo a los corazones.

  Todo el mundo dijo que más tarde o más temprano dolería, pero a mí nunca me dolió… Estar contigo nunca me dolió.

  Sólo hay algo que sí duele, y ahora sé qué es.

Lo que sí duele es perder algo que quisiste de verdad. Lo que sí duele es saber que vas a perder todo lo que te perteneció. Todo lo que todavía te pertenece…

  Pero nunca te imaginas que te pasará a ti. Aun cuando te pase, te negarás a creerlo. Y supongo que por eso escribo todo esto.

  Los años pasan al lado de las personas y parece que hay cosas que no es necesario decir. Cosas que todos guardamos para nosotros en algún recodo escondido de nuestro corazón, como verdades universales que todo el mundo parece saber pero que al final, y para bien o para mal, esto es más cierto que otra cosa, se pierden entre los recuerdos que, más tarde o más temprano, van a desaparecer.

  No hay nada más triste que saber que olvidarás, porque cada recuerdo olvidado ya no te pertenecerá más.

  Escribo esto porque sé que olvidaré. Escribo porque siempre busqué algo que completara mi vida, y cuando te encontré comprendí que hasta entonces había buscado siempre en el lugar equivocado. Había perdido muchas veces y simplemente apareciste, cuando todavía no creía estar preparado para ganar. Pero ya lo estaba. Aunque no lo supe hasta que pasaron tantos años a tu lado. Estar contigo fue la mayor de las batallas que me tocaron, y la única que estaba destinada a ganar. Y, ahora que lo pienso, quizás también la única que libré.

  Por eso ahora mi corazón se detiene ante tantos momentos. Como los bailes bajo la lluvia de verano. Como el latido de tu corazón sobre mi pecho cuando todo parecía perdido. Como las segundas oportunidades que se brindan a la gente apropiada, la que sabe aprovecharlas y volver a empezar pacientemente la construcción de aquel viejo castillo de naipes que ya se derrumbó una vez.

  Me detengo en cada momento porque sé que olvidaré. Olvidaré aquellos viejos besos. Y el sabor a alcohol de nuestros labios aquellas noches. Olvidaré la mirada que me regalaste aquella primera vez, en esa esquina oscura, cuando aún no sabías ni quién era. Y el latido de mi corazón al tacto de tu piel. Olvidaré las lágrimas de felicidad derramadas por tantas cosas. Las caricias que se perdieron bajo las sábanas. Olvidaré ese viento que sopla fuerte, hacia el latido de dos corazones que todavía esperan encontrarse. Olvidaré el día que te conocí y el día que te perdí. El día en que te recuperé y el día en que me dejaste para siempre.

  Escribo todo esto aunque ahora sea tarde.

  Nunca lo leerás. Ya nunca sabrás que todo cuanto logré decirte tan apenas fue una diminuta estancia dentro de un corazón repleto de aquel tipo de sentimientos que las palabras no sellan. Te quise tanto que dejé de quererme, porque quererte era suficiente para mí.

  Escribo todo esto porque no quiero olvidar que exististe. Y mis recuerdos desaparecen cada vez con más frecuencia. Quién sabe a dónde van. Tal vez allí donde me esperas.

  Quisiera decirte que para mí todo acabó el día en que te marchaste.

  Siempre decías que las personas de hoy no amarán nunca como las de antes. Quizás era cierto. Pasamos tantas cosas. Recuerdos que ahora se vuelven ceniza. Allí donde nos rendimos finalmente, ante un viento que hoy ha dejado de soplar. El viento de mi memoria.

Es posible que deje de buscarte por un tiempo, pero algún día volveré a las andadas. Siempre lo hice. Y siempre lo haré…

****

No sé quién escribió esta carta, pero ellos dicen que fui yo, y que me pertenece. Dudo que una historia tan propia me pudiera ser ajena. No creo nada de lo que me dicen últimamente. Al fin y al cabo, no sé quiénes son, ni quién soy yo. No sé de dónde vengo, ni a dónde voy. Sin embargo sí que quisiera saber quién era. Seas quien seas, triste amigo que escribiste esta carta, espero que nunca dejes de buscarla.

Lucía E. Colom

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