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Si acudimos a las eternas listas de “libros que hay que leer antes de morir”, suele asomar tímidamente, entre obras célebres y celebérrimas, La Conjura de los Necios, de J. K. Toole. Digno merecedor de su puesto (que suele variar según la calidad de la lista), fue galardonado con el prestigioso Premio Pulitzer y su obra tuvo el honor de ser considerada en Francia “la mejor novela en lengua extranjera del año 1981”. Sin embargo, J. jamás conocería la fama de sus obras. Su talento y sus manías, acabarían con él diez años antes de la publicación de La Conjura. Su vida fue corta pero su gloria será eterna.

Muchas son las reseñas que se han escrito acerca de La Conjura de los necios. Mi pretensión no es reescribir lo que ya está escrito. Hablemos del autor. De por qué un joven y prometedor escritor, decidió acabar con su vida aquel 26 de marzo de 1969 en Nueva Orleans.

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John Kennedy (qué tendrá ese apellido…) era el único vástago de Thelma, una madre que a sus treinta y siete no pensaba ya en la descendencia y de un padre sordo e inválido. Fue en estas circunstancias donde nació una mente prodigiosa, capaz de adelantar un curso en la escuela elemental, asistiendo como becario a la Universidad de Tulane y a la escuela de graduados de Columbia. Con 16 escribiría La Biblia de neón y durante el servicio militar, La Conjura de los necios. La obra que lo encumbraría al Olimpo de la fama, no convenció a las editoriales del momento y eso le produjo una impotencia a la que no supo hacer frente, cayendo en una profunda depresión que se agravaría en 1968 y que acabaría con su vida apenas un año después.

¿Qué fue lo que le hizo pensar en el suicidio? ¿Por qué de esa forma tan exquisitamente literaria? A partir de este punto todo lo que apuntemos no serán más que conjeturas. Pues no han quedado manuscritos ni diarios personales. Apenas un par de amigos conocían sus inquietudes literarias. ¡Qué solitario y reservado John en un mundo tan vasto! Pero volvamos a la Biblia… y a la Conjura

Tras su fatídica hazaña, su madre encontró entre sus pertenencias un texto mecanografiado “y descubrió un nuevo objetivo por el que luchar”. Manrique hablaba de la fama como la más importante de las existencias del hombre, “la más larga y eterna, la que no tiene fin”. Quizás Thelma creía inconscientemente en las palabras de ese Jorge del XV y quiso que su hijo viviera para siempre en las estanterías de la literatura.

No fue fácil abrirse paso entre las grandes editoriales de finales de los setenta para una mujer ñapanga de Nueva Orleans. “Cada vez que se la devolvían creía morir un poquito más”. Pero la firmeza en su objetivo y la fe ciega en la calidad literaria de su hijo le hizo seguir adelante y un buen día consiguió su propósito: La Conjura habría de ser publicada. Más tarde se traduciría a más de diez idiomas. La espera había valido pena.

La Biblia de neón apareció también entre sus cosas. Y esta vez, su ópera prima fue publicada enseguida. Pensaba en su madre aquel John de 15 o 16 años que viajando con ella una vez en coche observó un “enorme anuncio luminoso” en forma de gran Biblia. Poco o nada tiene que ver el David de La Biblia… con el Ignatius de La Conjura… Hay quién ve en el último, la inquietante evolución del pequeño de Mississippi. Otros ven en Ignatius el paradigma vital del propio John.

Jamás sabremos si hubo alguna obra intermedia entre la primera y la segunda. Lo que está claro es que la primera existe gracias a la fama de la segunda y sin los cimientos de una, no habría fecundado la segunda. Lo que es seguro es que John vivió para ser escritor y murió por no llegar a serlo.

En mis manos sostengo ambas obras y tengo la sensación de no haber quedado saciada. ¿Qué hubiera sido de John si hubiera triunfado desde el principio, o si su “derrota” no le hubiera hecho más fuerte y cierto? Quizás su calidad literaria culminó en La Conjura… Quizás su popularidad y el fin de su carrera también lo hubiesen matado. Jamás lo sabremos ya. Mientras tanto, sigo mirando al cielo, por si por estos lares apareciera una gran Biblia iluminada o unos cuantos necios conjurados.

María Puente

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