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FICHA TÉCNICA

Into the Wild (Hacia Rutas Salvajes)

Año: 2007

Director: Sean Penn

Producción: Sean Penn, Art Linson, William Pohlad.

Guión Sean Penn

Música Eddie Vedder

Reparto Emile Hirsch, William Hurt, Marcia Gay Harden, Catherine Keener, Hal Holbrook, Kristen Stewart, Vince Vaughn, Jena Malone.

  Se abre el telón. Los primeros planos, voy más allá, los primeros minutos de la película no hacen presagiar la apoteosis audiovisual que amenaza con desatarse. Se perfilan los caracteres de aquellos célebres versos de Lord Byron: “Hay placer en los bosques sin hogar, hay éxtasis en la costa solitaria. Hay sociedad, donde nadie se inmiscuye, junto al hondo mar, y la música en su rugir: no amo menos al hombre, sino más a la Naturaleza.”

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Cada pájaro nacido, nació para volar, y lo hará. La música –como en el océano libre de la imaginación de Byron- resonará con el batir de sus alas, agitándose sin conocer jaula alguna que las aprese, incansablemente, hacia una libertad que nunca perteneció al ser humano.

No es cuestión de sondear la nebulosa que nos aparta de la finalidad de la existencia humana sino de convencernos de algo que, por lo menos yo, veo acertado. La naturaleza es, por definición, libre. Pero libre más allá de toda concepción que tengamos del término libre. Libre más allá del batir de esas alas.

El hombre siempre busca y buscará perderse en su seno, escudriñar cada recodo que le es vedado por una condición que, posiblemente, no admitirá hasta que sea demasiado tarde su inferioridad frente a este gran gigante al que trata como a un igual, sin terminar de comprender a qué se enfrenta.

Será otra vez el hombre quien olvidará la única y verdadera realidad que desvela este gran viaje. Centrándose en sus motivos para emprender esta gran aventura, y, a veces, sin llegar a saber qué le impulsa verdaderamente a caminar Hacia Rutas Salvajes. Confiará en la naturaleza como una amiga, como algo a lo que hace siglos la raza humana ha logrado someter bajo el yugo de su arrogancia. Pero la naturaleza no conoce amigos. Cuando el hombre decida desplegar sus alas y emprender este viaje, la única verdad es que siempre estará solo. Una lucha del hombre contra el medio que tiene su inicio al principio de los tiempos y continúa hoy. Sólo hay un desenlace posible, pase lo que pase, y haga lo que haga, siempre será una batalla perdida.

Tal vez alguien debió advertirle al joven Supertramp acerca del riesgo que entrañaba confrontar de forma directa el camino hacia lo sublime. Hablamos de Into the Wild, hablamos de aquella película indie que se ha convertido en un icono del género de las road movies.

Para los amantes de la fotografía, una joya no suficientemente conocida, aunque cada vez cuenta con más adeptos. Nos presenta una historia real -recogida previamente en el libro Into The Wild de Jon Krakauervale, biógrafo del joven que protagonizó la historia real, Christopher McCandless. Es la historia de la atracción que aquellos territorios indomables ejerce sobre nosotros. Aquí se muestra lo atrayente de esa sensación de pisar un lugar a donde nadie ha llegado antes, de participar de un pedazo de aquella belleza que se desprende de todo lo que es, por definición, inasible.

Sin duda alguna, toda esta reflexión confluye en la brillantez del empleo del lenguaje audiovisual que nos regala su fotografía y en la coordinación de los recursos narrativos –el uso del flashback como un mecanismo más de narración durante toda la historia o los registros del lenguaje (con varios narradores en off), que enriquecen la cinta ofreciendo distintos puntos de vista-, con un magistral empleo de los efectos sonoros y la música de excepcional calidad y compuesta exprofeso para la película-.

Una película en la que, desde el punto de vista del lenguaje audiovisual, nada es casual. Cada frase se revela como una pista. Cada angulación muestra la posición de los personajes en esa ancestral lucha antes citada. Penn se echa la cámara al hombro para retratar las salvajes olas a cuya altura se coloca el mismo objetivo de la cámara, cuyas angulaciones se volverán más y más subjetivas conforme el filme avance hacia su desenlace.

El magistral uso del gran plano general con valor subjetivo enfoca a las grandes montañas, los inhóspitos senderos o los frondosos bosques. De este modo, y conforme va avanzando el metraje, estos planos señalan al indiscutible protagonista que es al mismo tiempo el único antagonista de la película: la Naturaleza

Para mí, Hacia Rutas Salvajes es un símbolo en sí misma. El símbolo de la búsqueda romántica del idilio perdido, de una libertad que parece cada día más difusa. El desesperado intento de un pájaro por abandonar su jaula, de una mente privilegiada por asir el conocimiento. La encarnación del viaje del héroe en busca de la libertad y del autoconocimiento, y el inesperado redescubrimiento de la Naturaleza como pocos la conocen: como un inesperado enemigo, al mismo tiempo hermoso y traidor, que aguarda silencioso el momento en que la desesperación haga al hombre cometer un error para convertir finalmente su libertad en una prisión.

Así, la humanidad, una vez más, se constata como insolente, enfrentándose, sin darse cuenta, a la fuerza de una naturaleza que, celosa de sus grandes secretos, termina por convertirse en su mayor enemigo, dándole la única y verdadera certeza que aterroriza al hombre: la idea de su finitud y la consciencia de ser insignificante. El mundo va a seguir adelante. Como ya profetizó Joseph Brodsky: “Después de nosotros… no habrá diluvio.”

Lucía E. Colom

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