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No muchos lugares en el mundo tienen la capacidad de crear con su nombre un anagrama con encanto. Lyon sin embargo lo ha logrado. Siendo la tercera ciudad en número de habitantes de Francia, no parece destacar por un monumento espectacular ni un museo de renombre. ¿Qué tiene Lyon entonces? Habrá que acercarse a ella para descubrirlo.

El origen de su nombre es cuanto menos curioso. Si bien es cierto que éste guarda semejanza con nuestro León más castellano, la ciudad adoptó este apelativo por ser la primera donde se registraron trabajos textiles de disfraces de leones, popularizándolos en el mercado textil.

Pero volvamos al siglo XXI. Lyon se ha convertido en destino recurrente de universitarios de todo el mundo, convirtiéndose en la segunda ciudad universitaria de Francia y acogiendo en su área metropolitana más de 120.000 estudiantes repartidos en tres universidades, numerosas escuelas de ingenieros y grandes écoles. Por ello, su oferta de ocio es de lo más amplia.

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Lejos de crear un producto nocturno propio, los lioneses (que ese es su gentilicio) han cogido prestado de los irlandeses sus tan frecuentemente exportados y característicos pubs. Dejando de lado las famosas happy hours vespertinas, la agenda de ocio nocturna, se reduce a parties en la chez de moda.

Si orientamos nuestra visita a lo propiamente cultural, nos llevaremos una agradable sorpresa, sobre todo cuando descubramos por nuestra cuenta que la ciudad ofrece más de lo que en un principio parecía querer mostrar.

Sin caer en el chiste fácil, Lyon cuenta con un hermoso parque a lo Hyde o Central Park, conocido como el Parc de la Tête D´Or (donde Tête es cabeza). La Cathedral Saint Jean Baptiste y la Basílica Notre-Dame de Fourvière compiten en protagonismo religioso. El símil más acertado sería el tándem parisino de Notre-Dame y el Sacre Coeur. Notre-Dame tiene la fama y el Sacre CoeurOh là là! Sólo el peregrinaje jacobeo necesario para llegar al Fourvière, señala a la Basílica como clara vencedora.

En el periplo hacia el Fourvière, (eludible tomando el funicular) nos encontramos con un auténtico tesoro romano, que parece emerger de entre las landas: el théâtre galo-romains.  E iluminando el camino hacia “la Dama de la ciudad”, una torre metálica del tamaño del tercer piso de la Eiffel de París, que nada tiene que ver con el Gustave de la primera.

Si bajamos de la cumbre, el punto más alto del Fourvière se sitúa a 372 metros sobre el nivel del mar; siempre se puede recorrer el Vieux Lyon; el barrio más bohemio y encantador de la ville, donde librerías de viejo y tiendas de antigüedades campan a sus anchas.

Si lo que queremos es volver a coger aire, nada como volver a las alturas, esta vez por la cara sur de la cité. Una interminable escalinata nos lleva a otra de las zonas más altas de Lyón: la croix rousse, donde las vistas y las panorámicas son extraordinarias.

Tras la caminata matutina, es hora de saciar el apetito. Los restaurantes lioneses típicos por excelencia son los bouchons. Pero no esperéis restaurants a lo parisien, elegantes y refinados, sino locales familiares, pequeños, tradicionales y con precios habitualmente económicos. La comida tradicional lionesa generalmente acostumbra a ser pesada. Entre sus platos típicos destacan la quenelle de brochet, una empanada hecha de huevo con pescado, las ensaladas de Lyon, lechuga con trozos de bacon y huevo; la saucisson chaud, una salchicha bañada con salsa de vino; y para los más atrevidos, riñones de ternera o cerebro de cordero. El vino de la zona baña y riega todos estos platos.

Si veis parejas con niños pequeños entrando en los bouchons, no os alarméis. Los niños lioneses (los franceses en general) tienen poco de los enfants terribles de Jean Cocteau. Muestran una exquisita y cuidada educación, que se percibe desde que entran por el local de turno y piden su bebida favorita, que no es otra que agua Perrier con sirope de sabores.

Si se ha comido fuera de casa, habrá que considerar abstenerse de repetir por la noche. Es recurrente acudir al Casino (cadena de supermercados) a comprar los refrigerios de la velada. Con un foie artesano a 97 céntimos y auténticos quesos franceses; sólo hay que completar la vianda con una de las bebidas típicas de la zona: una sidra bretona, que poco tiene que envidiar a la más asturiana. De postre, también bretonas, unas deliciosas crêpes, con las que despedir nuestra primera entrada sobre viajes internacionales. Bonne nuit!

María Puente

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