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Me gustan los hombres y mujeres de pocas palabras, Billy. Y todavía más los analfabetos porque aun si tienen la tentación de usarlas no podrán hacerlo con grandes citas o metáforas rebuscadas. ¡Mírame a mí, amigo! De mí solo sabes mi puñetera palabra, pues no me has visto más que en el acto de la escritura. Pasa lo mismo con los vociferadores doctos, aquéllos que teniendo mejor o peor el don de las letras se empeñan en subir al taburete para ilustrarnos con temas que todo el mundo conoce pero sólo ellos saben explicar. Los ejemplos abundan. ¿De qué sirve escuchar al conocedor de la felicidad absoluta? Yo le digo: “si eres feliz ¿Por qué no vas a disfrutar de tu felicidad y nos dejas en paz?”. ¿Por qué me cuenta el gritón que el mundo se va a la mierda? ¿Acaso ha ido a comprar cemento para apuntalar la Tierra? ¿Dice que es un virtuoso, que nadie puede seguir su camino? Y yo pregunto: “¿Es que acaso tienes miedo de recorrerlo solo?”. Y así, así, así… ¿Sabes qué hacen los hombres y mujeres de pocas palabras, Billy? Te muestran con las manos, te conducen con sus pies y te narran con su sangre. Ni una palabra. Sigue adelante.

Silencio, acción.

¡Pero qué necios, Billy! Putos necios. Sin contemplación alguna. Te explico: hay en el barrio un mozo, Sam el tartaja, que fue bendecido con un maravilloso don y que, lejos de verlo, se rieron de él: su tartamudez. Sí, a lo mejor Sam no vale como locutor radiofónico, pero el destino quiso darle la oportunidad de pensar las cosas antes de terminar de decirlas entre balbuceos y repeticiones. Y el tío quizá quiere decir una gran idea, el descubrimiento de las américas, se arranca a contarlo y, lo que a una persona le cuesta dos segundos, a Sam le cuesta doce… Diez segundos en los que puede cuestionarse si su gran eureka no es más que otra puta mierda irrelevante para el mundo. ¡Y a Sam le da tiempo a cerrar la boca! Mientras, el gran orador, ya te ha vomitado dos o tres perlas. ¿”Sam, el tartaja”, Billy? Sí, pero quizá mejor cambiarlo por “Sam, el sabio”…

Sam, el tartaja

Cuídate Billy de estar mucho tiempo rodeado de los enfadados con el mundo. Enseñan bien, pues tienen visiones relativamente limpias y buenas perspectivas, pero si te acercas demasiado y hueles sus ideas más profundas quizás te sacuda las fosas nasales una oleada de vinagre. Ven la putrefacción del mundo pero no han sabido proteger sus órganos de la infección, míralos: son los que gritan en pro y contra de Dios, los que demacran la figura del hombre en todo ámbito, los que con su rabia ciega enseñan y muestran sólo para al final inmolarse en la inmundicia que persiguen. Nos gustan los enfadados con el mundo Billy, pero de vez en cuando está bien tomarse una cerveza, pensar un poco y reventar otro día.

De los enfadados con el mundo

Chechu Giménez

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