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Dicen que cuando llegas a un lugar la forma más auténtica de conocerlo es que alguien que ya lo conozca te lo enseñe. Coincido totalmente.

Cuando la mayoría de gente piensa en Asturias, el verde viene su mente. El verde de los bosques perdidos y el azul del salvaje y traicionero mar Cantábrico. En la mente del turista común se dibuja la Catedra20140919_155900l de San Salvador de Oviedo, quizá el paseo marítimo de Gijón y, con suerte, algún enclave más: Covadonga, Picos de Europa, o Cangas de Onís pero si vas a visitar Asturias únicamente con estos lugares en la cabeza pasarás por alto su verdadera esencia.

Soy de esas personas que cree que la esencia de un lugar se encuentra en las cosas pequeñas, en aquello que puedes sentir, aunque tal vez no se pueda ver: en aquello que puedes oler, saborear, encontrar por casualidad o porque alguien se ha prestado a enseñártelo. Yo tengo la suerte de conocer buena parte de Asturias pero sé que me quedan tantas cosas por descubrir que tal vez escribir sobre este paraíso no sea más que un mero desliz algo arrogante. No obstante, intentaré desvelar algunos de los secretos que me ha llevado años descubrir. El resto de recodos ocultos, quedan a la imaginación y la aventura del lector cuando viaje hacia el gran azul del Cantábrico.

Si existe una palabra que defina la esencia del medio astur, esa es contraste. Contraste porque puedes vivir experiencias muy distintas.

Uno puede perderse por el centro histórico de Oviedo y visitar todos aquellos enclaves con capacidad para maravillar –desde la catedral hasta el teatro Campoamor, en un afilado laberinto de calles de piedra y nobles fachadas-. También coger el coche, la bici y hasta viajar a pie para encontrarte con aquellos pequeños núcleos rurales que huelen a Asturias: a madera quemada, a mar en sus violentos acantilados perdidos entre el páramo de los campos, a dama de noche en verano, y sentir el olor del frío allí donde la nieve alcanza las montañas en el invierno más crudo. Puedes encontrar aquel refinado paseo marítimo de Gijón, con sus encantadores cafés –algunos de los cuales incluso hacen las veces de biblioteca- y sin salir de la ciudad, buscar rincones donde perderte, ocultos a las miradas comunes, como una pequeña gran escalera en una empinada calle frente al mar, un lugar donde puedes sentarte sobre el escalón de Hotel California, el de Iggie Pop, o incluso sobre el de Metallica y tomar tranquilamente un bocadillo contemplando el relajante vaivén del océano.

Todo depende de lo que estés buscando.

En el centro de Oviedo, por su parte, puedes encontrar casi cualquier cosa que te propongas. Tal vez, para los amantes del arte, habría que señalar el Museo de Bellas Artes de Oviedo, con una magnífica colección que, definitivamente, lo desvela digno de visitar. Sin olvidar la flota de anticuarios y pequeñas librerías donde adquirir o contemplar los objetos más insólitos que puedas imaginar –juro que llegué a ver una catana japonesa del siglo XIX.-IMG_4116

¿Naturaleza? ¡En todas partes! Aunque tal vez la más auténtica se esconda en el medio rural. Picos de Europa son una apuesta segura de pleno disfrute, pero debemos ir más allá. Hay muchos más lugares estremecedores por descubrir: el mirador de Fito, inmerso entre la niebla y cuyas vistas se hacen dignas de contemplar con el buen tiempo. Puedes llegar allí en coche, y perderte por pequeñas carreteras donde podrías encontrar cualquier cosa, desde caballos salvajes, hasta ganado alpino con pocas ganas de apartarse de la carretera. Al otro lado, el abismo –hay que conducir con cuidado, eso desde luego-, dejando allí el coche puedes emprender lo que para mí es un lugar de obligado peregrinaje: la ruta al monte Pienzu: a través de montañas, de ruinas abandonadas y entre flores de pastores -que en otoño sepultarán los campos bajo un manto malva, alertando de que el invierno se acerca y que es necesario bajar al ganado de los montes-.

¿Playa? Todo el litoral cantábrico es óptimo para detenerse. Pero si debo escoger algunas playas, sin duda alguna, señalaré San Antolín de Bedón (cercana a Llanes, otro lugar del que no se puede prescindir), la playa de Vega (al lado de un pequeño pueblecito y por donde pasa el camino de Santiago), una explanada de dunas de arena donde puedes encontrar una rompiente estupenda para el surf, aparte de hermosos recuerdos de cuarzo violáceo sepultados entre sus finas arenas y la sombra de sus atardeceres. Una playa de marcado carácter efímero, ya que, al ser parte de las dunas, su aspecto cambia cada año y depende de los temporales que se den en invierno. Sin duda alguna tampoco podemos olvidar Cuevas del Mar, tal vez uno de los lugares más maravillosos del litoral cantábrico: allí donde el mar lo cubre todo y forma una especie de piscina sin olas cuando la marea es alta. Allí puedes perderte por un laberinto de cuevas excavadas en aquellas viejas rocas mientras la marea siga baja. Precisamente en este lugar está uno de mis rincones favoritos: un encantador chiringuito frente al mar, que salvo el estar frente al mar, poco se parece a un chiringuito. Buena música, un aspecto pintoresco, barcos a modo de mesas y montañas de piedras pintadas, perdidas bajo los árboles, donde tú mismo puedes dejar un mensaje para la posteridad –como en la primera foto-.

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¿Vida?

Nunca te olvides de tener, “pura vida”.

Lucía E. Colom

Un pensamiento en “Pura Vida

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