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Los procesos de motivación humanos son curiosos. Podemos estar muy motivados para hacer algo un día y al día siguiente haber perdido cualquier motivación y dejarlo aparcado. También es posible que algo que para nosotros es una gran motivación, para una persona cercana sea una tontería, y que las metas de esta persona, a nuestros ojos, no tengan sentido.

¿Pero qué es lo realmente importante en la motivación? ¿Podemos clasificar a las personas entre motivadas y no motivadas? No, no tenemos la misma motivación para todo. Lo importante no es la motivación en sí, sino la meta o el objetivo que queremos lograr. Una vez tenemos claro cuál es ese objetivo, es el momento de encontrar la motivación para alcanzarlo, y esa motivación depende de muchos factores.

En primer lugar, como ya se ha dicho, para poder estar motivado hay que tener claro para qué, es decir, el objetivo a conseguir. Este objetivo puede ser de muy diversa índole, aquí unos pocos ejemplos: aprobar un examen, conseguir un trabajo, controlar la ira, perder peso, etc. Este objetivo tiene que tener determinadas características que debemos tener claras: tiene que ser específico y concreto, es decir, no nos vale “mejorar mi salud” porque es demasiado general y para cada persona puede tener significados diferentes. Ese objetivo debería descomponerse en otros más concretos como “hacer deporte” o “bajar el colesterol”. También debe ser difícil, ya que lo demasiado fácil no constituye un reto, pero ser realista al mismo tiempo. Algo muy importante es que debe ser un objetivo que dependa de nosotros mismos alcanzar, porque si no es así, por mucho esfuerzo que pongamos en ello, podemos fracasar y convertirlo en una fuente de frustración importante. Por último, el objetivo debería ser descompuesto en varios pasos sucesivos, o subobjetivos, que formen una especie de escalera hasta el objetivo final, y que estén, además, temporalizados. Como ejemplo, vamos a utilizar uno muy ilustrativo y bastante recurrente: “perder peso”. El objetivo final podría ser “perder 10 kg en 6 meses”, y de ahí los subobjetivos serían algo como esto: “perder 2kg el primer mes”, “perder 1,5 kg el segundo mes”, etc.

Que el objetivo final esté claramente definido y que nos comprometamos con el mismo es, ya de por sí, muy importante para que exista la motivación suficiente para alcanzarlo. Para que se dé ese compromiso, el objetivo tiene que ser significativo para nosotros, lo que está determinado por el valor incentivo del objetivo, es decir, cómo valoro alcanzarlo, qué importancia tiene para mí y qué consecuencias positivas obtendré con el mismo.

¿Qué otros factores determinan la motivación? Uno especialmente importante es la expectativa de eficacia, es decir, si yo realmente creo que puedo alcanzar ese objetivo. Por mucho que nos pongamos una meta, si continuamente nos estamos diciendo a nosotros mismos: “no la vas a alcanzar”, “es imposible”, “no eres capaz”, difícilmente vamos a conseguirlo. Tenemos que creer que podemos, y esta expectativa de eficacia está modulada por el autoconcepto y la autoestima, quién considero que soy y cómo me valoro a mí mismo. Por supuesto, esta identidad y valoración hacen referencia al ámbito en el que está el objetivo, es decir, si nuestro objetivo es “aprobar el curso” no nos sirve de nada tener una autoestima familiar alta -sentirme bien en mi familia- si no me considero un buen estudiante. Por lo tanto, para poder creer que realmente puedo alcanzar el objetivo, es necesario considerar que lograr ese objetivo concuerda con quién soy y valorarme positivamente en ese aspecto de la vida.

Por otro lado, tanto la expectativa de eficacia, como la autoestima y el autoconcepto vienen determinados por nuestra historia vital de experiencias indirectas, persuasiones verbales, síntomas psicofisiológicos y experiencias directas. Las experiencias indirectas hacen referencia a lo que he visto conseguir a otras personas parecidas a mí y que, por tanto, si ellas han conseguido, yo también puedo. Las persuasiones verbales son todo lo que nos dicen al respecto de nuestro objetivo nuestras personas cercanas: “yo sé que sirves para esto”, “tienes mi apoyo para lo que necesites”, o por el contrario: “no sé para qué lo intentas si no lo vas a conseguir”. Los síntomas psicofisiológicos se refieren a aquellas emociones que siento cuando realizo acciones que me dirigen a conseguir el objetivo, que pueden ser positivas, como alegría, energía o tranquilidad; o pueden ser negativas, como ansiedad, miedo o tristeza. Por último, las experiencias directas se refieren a los resultados obtenidos cuando nos hemos propuesto otras veces objetivos similares a este y hemos puesto en marcha acciones para conseguirlo. Por ejemplo, si nuestro objetivo es aprobar el curso y ya hemos aprobado varios cursos, sabemos que lo hemos conseguido otras veces, así que podemos volver a hacerlo.

Para tener una buena motivación, todos estos elementos deberían ser positivos. Esto no quiere decir que si uno de ellos es negativo no vayamos a alcanzar el objetivo, porque unos complementan a otros y, para cada persona, ciertos aspectos cobran mayor importancia que otros. Lo que sí es imprescindible es centrarnos en aquello que sea positivo y buscarlo, para así alcanzar la máxima motivación posible y luchar por el objetivo que nos hemos propuesto.

Laura Castillo Eito

Ilustración:Naiara Zabala

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