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“El pintor representa los ojos del mundo, el pintor enseña a la gente a ver, a percibir la esencia de las cosas, y lo que subyace bajo su superficie.” Otto Dix

Máscaras. Vuelan con las sombras de las almas vendidas. Hacia algún lugar más allá de donde Otto Dix y aquéllos que formaron parte de la Nueva Objetividad alemana en la década de los 20 alcanzarían a ver, al menos, en aquel momento.

Era aquella Nueva Objetividad el movimiento alemán que tomó forma en 1923 para diluirse diez años después bajo la sombra del nazismo. Una vuelta a la pintura figurativa. Una propuesta realista comprometida con la excéntrica realidad del momento.Otto Dix: El diablo está en los detalles

En definitiva, una evolución hacia figuras que emergen como pensamientos de entre la oscuridad. Retorciéndose, en forma de gritos, y preguntas que se pierden como los lejanos ecos de un presente que en un instante se volvió pasado, y que, por lo tanto, ya no nos pertenecerá más. Obuses, curtidas pieles bajo trasparentes telas que dejan al descubierto una dignidad que tal vez ha desaparecido, entre oscuras tonalidades. Entre la niebla de las almas que, de una u otra forma, se perdieron allí donde apenas se podía mirar.

¿Pero acaso fue su culpa? ¿Querer arrojar la luz más clara sobre el rincón más oscuro del mundo, para desvelar el horror que se esconde detrás de un velo que disfraza las entrañas de lo que se nos desvela como vedado? Eso fue lo que hicieron.

Encarnar la lucha del verdadero realismo. Un realismo que asusta porque descubre una parte de nosotros que podría destruirnos. Un realismo que revela lo que verdaderamente somos, a través de la guerra, a través del vacío de las mentes que se refugian en el placer para evadirse de una realidad incierta contra la que parecen no poder luchar, que nos regala rostros descarnados, que nunca querrán volver a cerrar los ojos, si todavía los tienen, porque aquel recuerdo, el mismo que ahora vive detrás de sus párpados, se dibuja tan horrible y real que detiene su corazón, porque saben que jamás podrán arrancarlo de sus entrañas.

Construir un proyecto ideológico común para despertar a la sociedad de una situación que los vuelve inhumanos y los insensibiliza ante la miseria de otros. Esgrimir una técnica más que figurativa, ultrafigurativa. El desgarro de los pinceles sobre los lienzos entre la oscuridad de paletas sórdidas para plasmar una realidad tan real que nunca será la de los ojos que la ven. La defensa de un lenguaje que va más allá de la sensiblería del expresionismo para convertirse en la presentación del horror, traspasando el velo de la belleza, y se desvela el único secreto que queda: el miedo del hombre al vacío.

Autómatas, muertos, alcohol, orgías, prostitutas y personajes caricaturescos erigen lo grotesco como un nuevo estado del alma. Toda la fuerza, el vigor y la potencia se deslindan de la emotividad para evidenciar la más alta meta de este movimiento: que sus cuadros sean entendidos directamente por el espectador y que revelen su compromiso con una sociedad que se diluye en la barbarie y se deja dirigir sin conocer el rumbo de sus pasos.

Las representaciones de aquellos artistas como el propio Dix terminarían siendo conocidas como “arte degenerado”, y señaladas como objeto de burla por régimen nazi tras ascenso del nacionalsocialismo en 1933.

Aquello que algunos, como Walter Benjamin (“Han transformado la lucha contra la miseria en un artículo de consumo. Transforman la lucha política hasta convertirla en objeto de una contemplación confortable”), criticaron, sería después repudiado también por el nacionalsocialismo por considerarse un intento de lucha contra la opresión.

Está claro que la Nueva Objetividad trató de promover la conciencia social, pero tal vez aquel mensaje que era comprensible para ellos se diluyó en la nada por falta de claridad. Obras de autores incluidos en las listas negras del “arte degenerado” como Otto Dix, Georges Grosz, o Max Beckmann terminaron destruidas o convertidas en objeto de crítica y burla para ridiculizar el mensaje que encarnaban.

Aquellos rostros… ¿Son tan distintos de los nuestros?

Lucía E. Colom

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